domingo, junio 10, 2012

NUESTRA IDEA





Este documento es la suma, síntesis o enchastre de varios otros documentos escritos con el objetivo de hacer claras y explicitas las ideas fundamentales del PRO.


La idea no es formular un argumento electoral, sino esclarecer la visión del mundo que nos junta e impulsa. Tampoco estamos buscando generar material para nutrir nuestra comunicación: es un trabajo más fundamental, interno, nuestro, personal y grupal, para que entendamos mejor el sentido de nuestra propuesta.


Somos un grupo que tiene vocación de gobernar la Argentina y para lograrlo necesitamos hacer explícita nuestra propuesta política y su trasfondo, nuestra forma de ver las cosas. Esta visión no es patrimonio del PRO, es una forma actual de percibir la realidad a la que queremos convocar a la mayor cantidad de personas posible.


Esta forma de ver el mundo y la política nos ayuda a tener una posición frente a temas concretos de la agenda pública y la tarea siguiente será la de extraer de esta visión genérica las posiciones puntuales.
Te enviamos esta primera versión porque nos parece que este proceso de elaboración pertenece a todos y es necesario contar con tu aporte. Todo aporte es necesario y será bienvenido.


Este documento se envía a miles de personas que trabajan en el PRO y esperamos que de lugar a decenas o cientos de otros documentos que lo amplíen y complementen.
Ahí va:

¿CUÁL ES NUESTRA IDEA?

Tal vez el eje de toda la visión ordenadora pase por la idea de que el quiebre es temporal. No es derecha / izquierda, estatal/privatizador, ideología/gestión, mentira/honestidad. Es pasado/futuro.

Estamos orientados por el futuro. Estamos haciendo algo. Estamos usando este presente de esta manera para lograr determinado futuro. Buscamos ese futuro.

Dicho de otra forma:
Nuestro desarrollo y nuestro trabajo pertenecen al siglo XXI . Elegimos hacer política en el siglo XXI.

Todas las otras opciones políticas pertenecen al siglo XX. Su universo de ideas es de otra época. Eligen vivir y hacer política en el siglo XX.

Nuestras diferencias no son ideológicas, son cronológicas.

La síntesis final de lo que somos, nuestra razón de ser, es ese querer un futuro. Todas las cuestiones las vamos a pensar, elegir, debatir, desde ese punto de vista.

La política entendida como algo que va desde hoy hacia adelante propone una visión y una realidad revolucionaria y contracultural en la historia argentina.

La política argentina suele ser una acción referida al pasado, en tono de pasado, con temas del pasado y una esperanza reivindicativa.

Esa idea de orientación hacia el futuro justifica por si sola nuestra existencia. Tenemos que transformarla en convicción y volvernos “fundamentalistas” del futuro.

Queremos ser el partido político del siglo XXI.

Nuestra identidad tiene tres dimensiones:

-   la cercanía (la empatía, mirar la realidad desde el punto de vista del otro, determina desde dónde hacemos política),

-   la positividad (el hacer transformador, el para qué hacemos política

-   el futuro (la dimensión temporal o la visión).

Las tres deben actuar juntas, porque sin las otras quedan incompletas.

La dimensión de la cercanía

La cercanía define el sujeto de nuestra acción. El para quién hacemos política y desde dónde la hacemos.

En el siglo XX la política se hacía de arriba para abajo, del líder a las masas. CFK sueña con que ese liderazgo se extienda al siglo XXI y para siempre. Es una visión paternalista que necesita la sumisión y la admiración de los seguidores.

En el siglo XXI la política se hace dialogando, de una persona a otra, sin gritar, escuchando al otro. Hoy todos somos alguien, somos equivalentes.

Estoy cerca tuyo, entiendo lo que te pasa, siento lo que sentís.

La cercanía la tenemos que producir en todos los terrenos, no sólo en la relación con el otro. Es sobre todo cercanía a la verdad, tomado en el plano carnal de la autenticidad. Cercanía es mirar al mundo real y no situarse en la distancia de unas ideas dudosas.

Cercanía también tiene que ver con mirar cerca. El que es capaz de cercanía mira al otro, concreto, se abre a captarlo, sin enjuiciarlo, tratando de ver quien es, que quiere, donde está, cual es su perspectiva.

Quien desee ser cercano tendrá que estar, en primer lugar, cercano a sí mismo: ser auténtico, sentir lo que siente de verdad, no lo que cree que debe sentir.

Esto se vincula también con la idea de que es imposible lograr empatía y comunicación en el plano emocional sin autenticidad. Sin alinear el sentir, el decir y el hacer.

Y sin incorporar la vulnerabilidad. El infalible no conecta con nadie. El canchero se define por la ocultación de su falla, de la falla universal, la suya es una estrategia para no intimar. Acercarse es ir con la hilacha asimilada, visible.

Nadie espera que seamos perfectos y súper hombres, eso es un reflejo de tiempos pasados. La paradoja del poder es que si uno acepta ser vulnerable se hace más fuerte y confiable para todos.

La dimensión de la positividad

La positividad define la forma en la que encaramos la vida.

Nos despertamos a la mañana pensando en lo que vamos a hacer, no en lo que va a pasar.

Sentimos atracción por el presente.

Sirve hablar de positividad inteligente y decir que la positividad es inteligente cuando no niega el problema. No somos ingenuos, los positivos no creemos que no existan problemas, dificultades, límites. Lo que creemos que es que ellos no disminuyen el valor de la vida. Sabemos que no puede no haber problemas, y sabemos que podemos darles respuesta.

El neurótico cree en el destino: no entiende que está a cargo.

Esta dimensión también engloba la diferencia entre la visión aspiracional y la visión reivindicativa de la vida.

Algunos se despiertan con ganas de buscar culpables para sus males, otros se despiertan con ganas de buscarles soluciones.

No hay que ser despectivos con unos ni glorificar a los otros, tiene que ver con historias de vida y con personalidades.

La dimensión del futuro

El futuro se extiende desde este instante hacia adelante.

El futuro no es una formulación abstracta y lejana, implica una forma del presente.

Es elegir vivir el presente plenamente para construir un futuro deseado.

El futuro que queremos señalar tiene que ver con el presente positivo, no en el sentido que todo es lindo sino en el sentido en que podemos desde ya asumir nuestra responsabilidad y darnos una vida activa, protagónica, disfrutada y plena.

El futuro se simboliza en nuestros hijos. Ahí se hace concreto y real. A la idea de futuro hay que bajarla en escenarios concretos, tratar de evitar que sea un ideal que rearme el juego de la exaltación impostada y distanciante. No señalamos la utopía de un futuro inaccesible, buscamos transformaciones a nuestro alcance.

Acá es donde se juega más que en ninguna otra dimensión el eje de la vida y de la muerte. Con la creencia de que las cosas importantes ya sucedieron y nuestro tiempo es un mero reflejo, cautivo de un tiempo ya vivido.

Esta dimensión también nos exige construir una visión del futuro deseado. Pero esa visión no es un conjunto de políticas públicas, es una visión de cómo queremos vivir entre nosotros para poder realizarnos y ser felices.

Hay mucho por decir y por tejer con estas ideas. Hagámoslo sumando voces…

Este texto es un borrador que estaría circulando entre "militantes" PRO y que llevaría las firmas de Gabriela Michetti, Federico Pinedo, Alejandro Rozitchner, Francisco Cabrera, Miguel Braun, Ivan Petrella y Federico Suárez. Fue nota de Clarín: http://goo.gl/X5Xd8

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miércoles, junio 06, 2012

La última noche del mundo


―¿Qué harías si supieras que ésta es la última noche del mundo?
―¿Qué haría? ¿Lo dices en serio?
―Sí, en serio.
―No sé. No lo he pensado.
El hombre se sirvió un poco más de café. En el fondo del vestíbulo las niñas jugaban sobre la alfombra con unos cubos de madera, bajo la luz de las lámparas verdes. En el aire de la tarde había un suave y limpio olor a café tostado.
―Bueno, será mejor que empieces a pensarlo.
―¡No lo dirás en serio!
El hombre asintió.
―¿Una guerra?
El hombre sacudió la cabeza.
―¿No la bomba atómica, o la bomba de hidrógeno?
―No.
―¿Una guerra bacteriológica?
―Nada de eso ―dijo el hombre, revolviendo suavemente el café―. Sólo, digamos, un libro que se cierra.
―Me parece que no entiendo.
―No. Y yo tampoco, realmente. Sólo es un presentimiento. A veces me asusta. A veces no siento ningún miedo, y sólo una cierta paz.―Miró a las niñas y los cabellos amarillos que brillaban a la luz de la lámpara―. No te lo he dicho. Ocurrió por vez primera hace cuatro noches.
―¿Qué?
―Un sueño. Soñé que todo iba a terminar. Me lo decía una voz. Una voz irreconocible, pero una voz de todos modos. Y me decía que todo iba a detenerse en la Tierra. No pensé mucho en ese sueño al día siguiente, pero fui a la oficina y a media tarde sorprendí a Stan Willis mirando por la ventana, y le pregunté: “¿Qué piensas, Stan?”, y él me dijo: “Tuve un sueño anoche”. Antes de que me lo contara yo ya sabía qué sueño era ése. Podía habérselo dicho. Pero dejé que me lo contara.
―¿Era el mismo sueño?
―Idéntico. Le dije a Stan que yo había soñado lo mismo. No pareció sorprenderse. Al contrario, se tranquilizó. Luego nos pusimos a pasear por la oficina, sin darnos cuenta. No concertamos nada. Nos pusimos a caminar, simplemente cada uno por su lado, y en todas partes vimos gentes con los ojos clavados en los escritorios, o que se observaban las manos, o que miraban la calle. Hablé con algunos. Stan hizo lo mismo.
―¿Y todos habían soñado?
―Todos. El mismo sueño, exactamente.
―¿Crees que será cierto?
―Sí, nunca estuve más seguro.
―¿Y para cuándo terminará? El mundo, quiero decir.
―Para nosotros, en cierto momento de la noche. Y a medida que la noche vaya moviéndose alrededor del mundo, llegará el fin. Tardará veinticuatro horas.
Durante unos instantes no tocaron el café. Luego levantaron lentamente las tazas y bebieron mirándose a los ojos.
―¿Merecemos esto? ―preguntó la mujer.
―No se trata de merecerlo o no. Es así, simplemente. Tú misma no has tratado de negarlo. ¿Por qué?
―Creo tener una razón.
―¿La que tenían todos en la oficina?
La mujer asintió.
―No quise decirte nada. Fue anoche. Y hoy las vecinas hablaban de eso entre ellas. Todas soñaron lo mismo. Pensé que era sólo una coincidencia. ―La mujer levantó de la mesa el diario de la tarde―. Los periódicos no dicen nada.
―Todo el mundo lo sabe. No es necesario. ―El hombre se reclinó en su silla mirándola―. ¿Tienes miedo?
―No. Siempre pensé que tendría mucho miedo, pero no.
―¿Dónde está ese instinto de autoconservación del que tanto se habla?
―No lo sé. Nadie se excita demasiado cuando todo es lógico. Y esto es lógico. De acuerdo con nuestras vidas, no podía pasar otra cosa.
―No hemos sido tan malos, ¿no es cierto?
―No, pero tampoco demasiado buenos. Me parece que es eso. No hemos sido casi nada, excepto nosotros mismos, mientras que casi todos los demás han sido muchas cosas, muchas cosas abominables.
En el vestíbulo las niñas se reían.
―Siempre pensé que cuando esto ocurriera la gente se pondría a gritar en las calles.
―Pues no. La gente no grita ante la realidad de las cosas.
―¿Sabes?, te perderé a ti y a las chicas. Nunca me gustó la ciudad, ni mi trabajo, ni nada, excepto vosotros tres. No me faltará nada más. Salvo, quizás, los cambios de tiempo, y un vaso de agua helada cuando hace calor, y el sueño. ¿Cómo podemos estar aquí, sentados, hablando de este modo?
―No se puede hacer otra cosa.
―Claro, eso es; pues si no estaríamos haciéndolo. Me imagino que hoy, por primera vez en la historia del mundo, todos saben qué van a hacer de noche.
―Me pregunto, sin embargo, qué harán los otros, esta tarde, y durante las próximas horas.
―Ir al teatro, escuchar la radio, mirar la televisión, jugar a las cartas, acostar a los niños, acostarse. Como siempre.
―En cierto modo, podemos estar orgullosos de eso…como siempre.
El hombre permaneció inmóvil durante un rato y al fin se sirvió otro café.
―¿Por qué crees que será esta noche?
―Porque sí.
―¿Por qué no alguna otra noche del siglo pasado, o de hace cinco siglos o diez?
―Quizá porque nunca fue 19 de octubre de 2069, y ahora sí. Quizá porque esa fecha significa más que ninguna otra. Quizá porque este año las cosas son como son, en todo el mundo, y por eso es el fin.
―Hay bombarderos que esta noche estarán cumpliendo su vuelo de ida y vuelta a través del océano y que nunca llegarán a tierra.
―Eso también lo explica, en parte.
―Bueno ―dijo el hombre incorporándose―, ¿qué hacemos ahora? ¿Lavamos los platos?
Lavaron los platos, y los apilaron con un cuidado especial. A las ocho y media acostaron a las niñas y les dieron el beso de buenas noches y apagaron las luces del cuarto y entornaron la puerta.
―No sé…―dijo el marido al salir del dormitorio, mirando hacia atrás, con la pipa entre los labios.
―¿Qué?
―¿Cerraremos la puerta del todo, o la dejaremos así, entornada, para que entre un poco de luz?
―¿Lo sabrán también las chicas?
―No, naturalmente que no.
El hombre y la mujer se sentaron y leyeron los periódicos y hablaron y escucharon un poco de música, y luego observaron, juntos, las brasas de la chimenea mientras el reloj daba las diez y media y las once y las once y media. Pensaron en las otras gentes del mundo, que también habían pasado la velada cada uno a su modo.
―Bueno ―dijo el hombre al fin.
Besó a su mujer durante un rato.
―Nos hemos llevado bien, después de todo ―dijo la mujer.
―¿Tienes ganas de llorar? ―le preguntó el hombre.
―Creo que no.
Recorrieron la casa y apagaron las luces y entraron en el dormitorio. Se desvistieron en la fresca oscuridad de la noche, y retiraron las colchas.
―Las sábanas son tan limpias y frescas…
―Estoy cansada.
―Todos estamos cansados.
Se metieron en  la cama.
―Un momento ―dijo la mujer.
El hombre oyó que su mujer se levantaba y entraba en la cocina. Un momento después estaba de vuelta.
―Me había olvidado de cerrar los grifos.
Había ahí algo tan cómico que el hombre tuvo que reírse.
La mujer también se rió. Sí, lo que había hecho era cómico de veras. Al fin dejaron de reírse, y se tendieron inmóviles en el fresco lecho nocturno, tomados de la mano y con las cabezas muy juntas.
―Buenas noches ―dijo el hombre después de un rato.
―Buenas noches ―dijo la mujer.

Ray Bradbury (1920-2012)

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jueves, enero 26, 2012

reboot


En algunas oportunidades uno necesita reiniciar el sistema.

No es que uno vaya a tener que ponerse a aprender de nuevo las cosas más elementales de la actividad cotidiana. El software está ahí, cargado en un hardware ya medio baqueteado, pero es lo que hay.

Un inicio de cero, en lo posible, no está mal. No es un reinicio real, todos lo sabemos; es más bien el ardid de la razón operando en función de la autopreservación. Porque hay circunstancias para nada dramáticas, bastante intrascendentes en su rutina, en las que uno nota que, si no hace tabla rasa con casi todo lo que venía recargado, retorcido, complicado, lo que queda promete ponerse arduo o directamente intransitable.

Amagué con arrancar unas cuantas veces, todas sin éxito. No podía romper con la inercia del reposo. No sé qué va a pasar en esta oportunidad, pero escribir algo que vaya más allá de la excusa es, para mí, un pequeño paso para mi humanidad.

Eso. Nada más.

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