lunes, mayo 31, 2004

Inventario

El hábito de las librerías. Los domingos. Marcelo X y su desarraigo, personaje de un cuento. Escena de Bo Mansoshi con el hombre –un pobre tipo medio decrépito, medio quemado, con los restos de dignidad que se empeñaba en perder lo más pronto posible– que en plena noche de Villa Luro le cuenta como le dieron por atrás unos tipos en una calle de Liniers. Otra escena, en la puerta de la Librería Hernández, en que por segunda vez en el año un peruano me ofrece productos electrónicos de procedencia ni siquiera dudosa. Cine coreano. Parejas que salen a desayunar/almorzar/merendar a las confiterías, los domingos, en jogging. En joggings grisecitos. En joggings combinados (con él, con ella). En zapatillas blancas bien lustrosas. Fauna de las líbrerías. Vendedores y compradores y propietarios muy cool(tos). Profesores que llegan borrachos a las conferencias. “Escuchar lo que se escucha” (ay, si el buen Heidegger se levantase, no sabés...) Una maratón que obliga a cerrar las calles de Buenos Aires. La imposibilidad de salir con mujeres de 30. Los slackers (¿qué generación son? X e Y seguro que no). Panic attack como páthos generacional.

[encontrado en la libreta negra, circa julio 2002]

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martes, mayo 25, 2004

25 de mayo

Esta tierra sobre los ojos, este paño pegajoso, negro de estrellas impasibles, esta noche contínua, esta distancia. Te quiero, país, tirado abajo del mar, pez panza arriba, pobre sombra de país, lleno de vientos, de monumentos, de esperpentos, de orgullo sin objeto, sujeto de asaltos, estúpido curdela inofensivo puteando y sacudiendo banderitas, repartiendo escarapelas en la lluvia, salpicando de babas y estupor canchas de fútbol y ring sides. Pobres negros. Te estás quemando a fuego lento y donde el fuego, donde el que come los asados y tira los huesos, malandras, cajetillas, señores y cafishios, diputados, tilingas de apellido compuesto, gordas tejiendo a dos agujas, maestras normales, curas, escribanos, centrofowards livianos, Fangio solo, tenientes primeros, coroneles, generales, marinos, sanidad, carnavales, obispos, bagualas, chamamés, malambos, mambos, tangos, secretarías, subsecretarías, jefes, contrajefes, truco, contraflor al resto.

Y qué carajo si la casita era un sueño, si lo mataron en pelea, si usted lo ve, lo prueba y se lo lleva, liquidación forzosa, se remata hasta lo último. Te quiero, país tirado a la vereda, caja de fósforos vacía.

Te quiero, tacho de basura que se llevan sobre una cureña envuelto en una bandera que nos legó Belgrano, mientras las viejas lloran en el velorio, y anda el mate con su verde consuelo, lotería de pobre.

En cada piso hay alguien que nació haciendo discurso para algún otro que nació para escucharlos y pelarse las manos. Pobres negros que untan las ganas de ser blancos, pobres blancos que viven en un carnaval de negros. Qué quiniela, hermanito, en Boedo, en Palermo y Barracas, en los puentes, afuera, en los ranchos que paran la mugre de la pampa, en las casas blanqueadas del silencio del Norte, en las chapas de zinc donde el frío se frota, en la Plaza de Mayo, donde ronda la muerte trajeada de mentira.

Te quiero, país desnudo que sueña con un smoking, vicecampeón del mundo en cualquier cosa, en lo que salga: tercera posición, energía nuclear, justicialismo, vacas, tango, coraje, puño, viveza y elegancia. Tan triste en lo más hondo del grito, tan golpeado en lo mejor de la garufa, tan garifo a la hora de la autopsia.

Pero te quiero, país de barro, y otros te quieren, y algo saldrá de este sentir. Hoy es distancia, fuga, no te metás, que vachaché, dale que va, paciencia. La tierra, entre los dedos, la basura en los ojos, es estar triste, ser argentino es estar lejos, y no decir mañana porque ya basta con ser flojo ahora.

Tapándome la cara, me acuerdo de una estrella en pleno campo, me acuerdo de un amanecer de Puna, de Tilcara de tarde, de Paraná fragante, de Tupungato arisca, de un vuelo de flamencos quemando un horizonte de bañados.

Te quiero país, pañuelo sucio, con sus calles cubiertas de carteles peronistas, te quiero sin esperanzas y sin perdón, sin vuelta y sin derecho, nada más que de lejos y amargado. Y de noche.

Julio Cortázar, Carta abierta a la patria, 1955

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domingo, mayo 23, 2004

PESSOANA

Não sou nada.
Nunca serei nada.
Não posso querer ser nada.
À parte isso, tenho em mim todos os sonhos do mundo.


Álvaro de Campos, Tabacaria

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sábado, abril 17, 2004

HISTORIA DE HAK’R Y LOS MENDIGOS

Como estaba prescripto tuvo que lavarse los pies antes de salir de la casa de su hermano. Tres veces arrojó agua en el cántaro que estaba en el piso. Tres veces también los secó con la pieza de lino que colgaba del asa de una vasija de arcilla. Otras tres, besó a Harum, su hermano, para despedirse. La esposa de Harum lo observaba desde el rellano de una de las puertas de esa habitación: rodeaba con sus brazos a su hijo y a su hija, a Nahel con la izquierda, a Kanín con la derecha. La mujer bajó la vista -los ojos grises- y sus cabellos se escabulleron fuera del paño amarillo que le rodeaba la cabeza, para desocultar el azabache intenso, para reposar sobre los pechos fuertes. Todo bajo la luz de las lámparas de aceite.

Y Hak’r salió y caminó las calles de polvo finísimo entre las casas apiñadas aquí, retraídas allá. Calles reptantes, oscilantes, estrechas. Reconoció entre las sombras a una figura humana. Sufrió un mareo. Cayó porque sus rodillas que se doblaron bajo el peso del cuerpo, como sucede a los que beben mucho y desafían así la ley con sus actos.

Y mucho tiempo estuvo tirado en el suelo pero no tanto como para que lo encontrara despierto la llegada del día, lo que era falta grave. Al despertar, frente a él, la silueta del hombre que había visto antes de desplomarse -era la misma, tal vez- le sostenía la vista y no decía nada. Era un mendigo. Entonces Hak’r, al notarlo, bajó la vista y se llevó la mano a la frente y cerró los ojos para hacer una reverencia inclinando el cuerpo hacia delante, sentado todavía en el suelo. Sin pronunciar palabra se quedó quieto porque la ley prescribía que no se debía molestar a los mendigos o a los perros, porque era eso lo que estaba escrito. Pero el mendigo estaba como clavado en medio de la calle y no decía nada. Entonces Hak’r no podía levantar su mirada, ni marcharse, ni moverse. Y el mendigo apenas moviendo los labios puso algo en palabras que Hak’r no pudo comprender. Entonces el hombre que vestía harapos se retiró y lo dejó.

Y Hak’r llegó a su morada antes de que el sol se asomase y durmió dos horas o tres. Se levantó por la mañana para orar como lo ordena la ley y oró sin devoción ese día.

Y dos días más tarde Hakr, al girar sobre la esquina de una casa, encontró que siete mendigos lo esperaban. Entonces bajó la vista, y tapó sus ojos, y los cerró, y se inclinó hacia delante. Y los mendigos no le decían nada y no le pedían nada y no se iban. Y uno se le acercó y le puso en palabras algo que Hak’r no comprendía pero le resultaba familiar. Y los hombres que no tienen casas se retiraron de su presencia. Hak’r creía poco en el destino y por eso no fue a hablar con un sabio sobre lo ocurrido.

Y Hak’r esa noche quedó arrobado por la mirada de ojos grises de la mujer de su hermano y pensó en que quizá podía comprarsela.

Y por tercera vez, Hak’r se encontró con los mendigos, al mediodía. Y uno de los diez, lo tomó del borde se su fina prenda de lino matizada con el azulino de las regiones distantes y, mientras lo aferraba por delante, le gritaba las palabras extrañas al oído que él no podía entender. Él quería bajar la vista pero no podía hacerlo. El mendigo le escupía la cara cuando vociferaba y el olor del cuerpo le daba náuseas. Los hombres desposeídos lo rodeaban y levantaban sus manos.

Y Hak’r, preso del miedo, tomó al mendigo del cuello y comenzó a sacudirlo y lo arrojó al suelo mientras gritaba que lo dejara en paz. Entonces los mendigos bajaron sus brazos, todos juntos en un movimiento único, y el que había caído lo miró con pena a lo profundo de los ojos, en donde está el alma. Todos se dieron vuelta y se retiraron en silencio.

Y la gente del mercado vió todo y acusó a Hak’r de violar la ley con sus actos y lo llevaron ante el tribunal de sabios para ser juzgado. Hak’r fue desnudado y sus barbas le fueron cortadas al ras y también su pelo. Así fue encerrado en una celda y le fue dicho: “medita Hak’r, hijo de Tam’n y de Sahel, sobre tus faltas”. Diez años permaneció encerrado sin que nadie lo mirase ni le hablase. En su cabeza resonaban las palabras del mendigo, todavía sin sentido para él.
Y después de diez años Hak’r fue puesto en libertad. Su hermano y su familia, avergonzados, habían abandonado el pueblo y de lo que fue suyo una vez, su fortuna y su casa y sus animales, nada había quedado.

Y ya en libertad, Hak’r caminaba las calles por los días y también por las noches. Y en una de las noches, camino hacia ningún sitio, alcanzó a ver la figura de un hombre que caminaba lento. Que se quedaba quieto. Que se desplomaba sobre su peso como los hombres que beben mucho y con sus actos desafía la ley.

Y Hak’r se acercó y por horas, en mitad de la noche, quedó perplejo ante la expresión del rostro del hombre tirado en el suelo. Y fue entonces cuando comprendió todo, cuando entendió el sentido de las cosas simples y de las que traen dolores de cabeza, y podía ver el sentido de esas cosas como podía ver cada pelo de la barba del hombre en el suelo. Fue cuando el hombre despertó, cuando Hak’r pronunció con sus labios las palabras que lo explicaban todo. El hombre en el suelo bajó la vista y sus oídos eran como sordos a las verdades poderosas que Hak’r ponía en palabras porque no las comprendían.

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sábado, marzo 20, 2004

NINGYO - Capítulo quince

Goodbye Storyteller. El piano de Brad Mehldau. Diez minutos, veintiún segundos. Las palomas en las ramas de los árboles de la calle Larrazábal. Desearía que esas palomas pudieran montar una coreografía digna de esta música. Me fascinaría verlas inclinar el cuerpo, levantar el pico con gracia, desplegar las alas. Observarlas lanzarse al vacío, girar sobre sí al elevarse llevadas por el viento frío, ya agosto, planear sobre la plaza como si fueran otras aves más nobles, dejarse arrastrar en círculos siempre ascendentes, ya no en vuelo bajo, apenas sobre las cabezas de los peatones que no las miran porque son palomas pardas y nada más. Iniciarían el vuelo al unísono, en el preciso instante en que la bufanda de color mostaza del chico que va de la mano de su madre que fue a buscarlo ansiosa al colegio y que lo llevó contra su voluntad infantil –y por eso mismo débil– al almacén de la vuelta... en el instante en que la bufanda color mostaza se sacude por una ráfaga y se le desenrolla del cuello y, después de ondear desbocada casi dos metros, toca el piso para seguir rodando unos pocos metros más como una especie de serpiente de lana boba. Pero son palomas pardas y nada más y es mucho pedirles que evolucionen con estilo, que se preocupen por no ser esos bichos que cagan sobre los hombros de la gente, sobre los parabrisas y los capots de los autos, sobre las veredas medio rotosas de Liniers con esa impunidad que las ampara en su tradicional, su absoluta falta de urbanidad. Porque diez minutos y veintiún segundos podría ser el tiempo necesario y suficiente para hacer del universo un sitio un poco más bello, un poco más armónico, pero ahí están esas palomas que no hacen el menor esfuerzo, que no contribuyen en nada. efe

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domingo, marzo 14, 2004

Altazor

Altazor morirás
Se secará tu voz y serás invisible
La Tierra seguirá girando sobre su órbita precisa
Temerosa de un traspié como el equilibrista sobre el alambre que ata las miradas del pavor.
En vano buscas ojo enloquecido
No hay puerta de salida y el viento desplaza los planetas
Piensas que no importa caer eternamente si se logra escapar
¿No ves que vas cayendo ya?
Limpia tu cabeza de prejuicio y moral
Y si queriendo alzarte nada has alcanzado
Déjate caer sin parar tu caída sin miedo al fondo de la sombra
Sin miedo al enigma de ti mismo
Acaso encuentres una luz sin noche
Perdida en las grietas de los precipicios

Cae
Cae eternamente
Cae al fondo del infinito
Cae al fondo del tiempo
Cae al fondo de ti mismo
Cae lo más bajo que se pueda caer
Cae sin vértigo
A través de todos los espacios y todas las edades
A través de todas las almas de todos los anhelos y todos los naufragios
Cae y quema al pasar los astros y los mares
Quema los ojos que te miran y los corazones que te aguardan
Quema el viento con tu voz
El viento que se enreda en tu voz
Y la noche que tiene frío en su gruta de huesos

Cae en infancia
Cae en vejez
Cae en lágrimas
Cae en risas
Cae en música sobre el universo
Cae de tu cabeza a tus pies
Cae de tus pies a tu cabeza
Cae del mar a la fuente
Cae al último abismo de silencio
Como el barco que se hunde apagando sus luces


Vicente Huidobro,
Altazor o el viaje en paracaídas en siete cantos, (1931). Canto I, 19-56

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domingo, marzo 07, 2004

COMO A PERALTA RAMOS

Buenos Aires

No quiero ir a la luna,
a mí me gusta acá, a mí me gusta acá, a mi me gusta acá.
Quiero caminar por las calles de Buenos Aires,
a mí me gusta acá, a mí me gusta acá, a mí me gusta acá.
Me quiero sacar una foto en la plaza San Martín,
a mí me gusta acá.
Quiero ser amigo del obelisco,
a mí me gusta acá.
Me encanta el atardecer en el campo argentino,
a mí me gusta acá, a mí me gusta acá, a mí me gusta acá.

Federico Manuel Peralta Ramos, 1939-1992

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jueves, marzo 04, 2004

Otros dos fragmentos empáticos

Porque o único sentido oculto das cousas
É elas não terem sentido oculto nenhum,
É mais estranho do que todas as estranhezas
E do que os sonhos de todos os poetas
E os pensamentos de todos os filósofos,
Que as cousas sejam realmente o que parecem ser
E não haja nada que compreender*.
Alberto Caeiro, O guardador de rebanhos, XXXIX

C'est beau de comprendre peu à peu que l'on ne comprend rien.

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miércoles, marzo 03, 2004

Dos fragmentos...

...que de algún modo empatizan:

"A única atitude digna de un homem superior é o persistir tenaz de uma actividade que se reconhece inútil, o hábito de uma disciplina que se sabe estéril, e o uso fixo de normas de pensamento filosófico e metafísico cuja importância se sente ser nula. "

Satius est supervacua scire quam nihil*.

[* Es mejor saber cosas inútiles que no saber nada.]

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martes, marzo 02, 2004

Los libros

Les livres ont les mêmes ennemis que l'homme: le feu, l'humide, les bêtes, le temps, et leur propre contenu. Paul Valéry

[Los libros tienen los mismos enemigos que el hombre: el fuego, la humedad, los animales, el tiempo y su propio contenido.]

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Sábados

Siempre quise correr
a través de tu nombre
pero todos los sábados de tu alma
eran lluvia.
efe

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domingo, febrero 15, 2004

JULIEN SAINT-LUC DAUMIER, COPRÓFILO

El decimotercer día de Termidor del año cuarto de la Revolución Julien Saint-Luc Daumier, Conde de Clermont-Ferrand, murió en su ley: antes de que su cabeza rodara bajo el filo de la guillotina se cagó en las patas. Lo que para muchos puede ser interpretado como inequívoco acto de cobardía es, para el conocedor, signo de coherencia y fidelidad a una vida y a su obra. Porque esa existencia como librepensador y libertino fue más de lo que sus contemporáneos, hijos de la Ilustración, pudieron tolerar.

Desde pequeño, Julien mostró marcada inclinación por el estudio de la naturaleza. A los cuatro años de edad, en una tarde cálida de agosto en que se encontraba de visita en la finca de su tío Jean-Paul, a la sazón Conde de Nien, se enterró el solo y enterito en una enorme montaña de bosta de caballo. A los siete años el niño se mostraba reticente a que las criadas vaciaran las bacinillas sin consultarlo, acto que consideraba una falta de respeto a su condición de aristócrata. Su caca era también obra de noble, solía amonestarles.

Con la adolescencia, su devoción fecal se convirtió en credo. Sus preceptores –innúmeros– lo llamaban a considerar las costumbres que para él eran tan naturales como para ellos aberrantes. A los dieciocho años partíó hacia París a estudiar filosofía en la Universidad. De esa época data la única obra de la que se conservan fragmentos, De Coprum Natura. En su primer capítulo el conde se entrega a una pormenorizada clasificación de las heces según su textura, dimensiones, colores, formas y proporciones. En el segundo realiza un estudio de sus propiedades botánicas y curativas desde las costumbres ugaríticas hasta sus usos a fines del siglo XVI. La historia de una perdida disciplina adivinatoria, la copromancia, abarca el tercer apartado. Practicada desde la antigüedad e introducida en Europa occidental por los zíngaros rumanos, el ars copromantia o lectura cáquica gozó de gran prestigio hasta la caída del Imperio Romano de occidente cuando fue prohibida por un edicto promulgado en Constantinopla a mediados del siglo XV. Las virtudes del arte, estima en el tratado, eran superiores a las de la quiromancia y la lectura del curso de los astros o de las borras del café. El último capítulo es dedicado por completo al estudio de una extraña lectura gnóstica que consideraba a la creación como un desborde fecal desde el mismo pléroma divino. Ángeles pneumáticos como flátulos, hombres densos como roquitas que hieren el divino recto cósmico; para este culto la creación es, sin más, la mayor cagada a lo largo de infinitos eones.

De vuelta en Clermont-Ferrant, despreciado por sus doctrinas y prácticas, mal visto por el clero que lo veía como promotor de una existencia disipada entre sus congéneres, se dedicaba noches enteras a disfrutar de originales orgías, por él organizadas, a las que invitaba a nobles de los condados vecinos. Entre ritos esotéricos de marcada impronta rosacruz eran llevados ante la presencia del conde y de sus huéspedes, doncellas, campesinas, prostitutas y sodomitas. Después de ser purificados con aguas, óleos y lociones por tres días y sus correspondientes noches eran alimentados con manjares generosos y diversos. En las noches siguientes sus cuerpos eran untados y sumergidos en vaselina; se les aplicaban enemas y se los llevaba al salón principal para comenzar la exhibición. Los defecantes –en número no menor que nueve, nunca mayor de trece– se sometían, en círculo y en cuclillas al escrutinio de los invitados. Nobles y cortesanos alentaban el esfuerzo de los oficiantes entre carcajadas, ovaciones y gritos de “Merde! Merde!”. Los soretes más largos, o más gruesos, o más caudalosos, eran celebrados como verdaderas epifanías. De entre las filas de defecantes salió, en más de una ocasión, alguna cortesana que llegaría a condesa.

Injusta y falsamente se lo acusó de practicar la coprofagia. Para su fe tal práctica rozaba la herejía.

El ala norte de su mansión albergaba un museo conocido vulgarmente como “la caconniere”. En el se ostentaban obras sin parangón alguno en todo el orbe. Su sistema de conservación y clasificación eran envidiables. Sus aportes a la taxonomía y a la métrica fueron tantos que fueron admirados por Diderot, D’Alembert y Lafèvre-Guineau los tuvo en consideración al establecer su sistema de medición.

Después de ser perseguido durante seis meses, fue apresado en las afueras de Lyon mientras, estupefacto, veía a una radiante joven de brutal cabellera y exuberantes ancas deponer a orillas de un arroyo. Fue trasladado a París en donde, en juicio sumario se lo condenó a muerte. Tenía cuarenta y tres años. Su maison fue incendiada tras ser saqueada por la turba. Su cabeza, arrojada innoblemente a una fosa llena de excrementos.

Alguna de las piezas de su colección se exhiben, como exponentes de un verdadero arte de avanzada, en dos sitios: la galería Rouvier en Abbeville, Louisiana y la sala de exposiciones de la residencia de Terencio Medina, Choromoro, provincia de Tucumán. Ambas son colecciones privadas.
efe

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